La depresión puerperal, con una prevalencia de al menos el 10%, es probablemente la complicación más frecuente del puerperio. Debido a que los síntomas se asemejan a los de la depresión en otros momentos y la etiología es incierta, existe controversia con respecto al concepto de diagnóstico de la depresión puerperal. Romito sugiere que el término "depresión puerperal" constituye un obstáculo a una mejor comprensión de la "tristeza después del parto" (Romito 1989). Boyce (Boyce 1994) y otros consideran la depresión puerperal diferente de la depresión en otros momentos por las siguientes razones. En primer lugar, los síntomas tienen una relación temporal con el parto. En segundo lugar, la repercusión de la depresión puerperal en el ajuste social y personal de la mujer es, posiblemente, mayor que la depresión que se presenta en un momento menos crítico en la vida de la mujer. En tercer lugar, la depresión puerperal puede tener un efecto a largo plazo perjudicial sobre los lazos de madre con el recién nacido y la familia en su totalidad (muchos estudios han encontrado que el desarrollo infantil se ve afectado de forma negativa (p.ej., Murray 1989, Caplan y cols. 1989, Murray y cols. 1991, Sharp y cols. 1995); las dificultades matrimoniales son frecuentes (Boyce 1994) y la pareja también puede deprimirse (Areias et al 1996)). Cox señala que la mayoría de las mujeres consideran el término "depresión puerperal" un término de diagnóstico, y solamente por este motivo un servicio orientado al usuario debe incluirla como una categoría (Cox 1994).
La concentración de la progesterona en la sangre desciende precipitadamente, aproximadamente 1000 veces, en los días siguientes al parto; también desciende el estrógeno, pero en menor grado. A pesar de esto, no se han encontrado diferencias endocrinas consistentes entre las mujeres que desarrollan depresión puerperal y las que no (Willcox 1985). Sin embargo, el hecho de no poder encontrar pruebas sistémicas de deficiencias de hormonas no excluye las hormonas sexuales como factores etiológicos (O'Brien 1994). Los niveles periféricos de las hormonas no necesariamente corresponden con los niveles cerebrales, ni son necesariamente un índice de los números y afinidad de los receptores cerebrales. La progesterona, los progestágenos sintéticos y el estrógeno tienen propiedades psicoactivas (Wieck 1989) y se ha demostrado que modulan los receptores serotoninérgicos en el cerebro de las ratas (Biegon et al 1983). Por consiguiente, el estrógeno y los progestágenos pueden influir en la función de los neurotransmisores cerebrales y, en consecuencia, en el comportamiento y los síntomas.
Es por lo tanto posible que la administración de suplementos con alguna de esas hormonas sea de valor profiláctico o terapéutico en la depresión puerperal. La investigación en la profilaxis hormonal y el tratamiento de la depresión puerperal es limitada. Se considera que el tratamiento con estrógenos tiene propiedades que mejoran el estado de ánimo en el climaterio y se ha utilizado con éxito en el tratamiento de pacientes hospitalizadas con depresión grave (Klaiber et al 1979). Se ha informado que la progesterona mejora el estado de ánimo en el período premenstrual. Por este motivo, Dalton popularizó el uso de la progesterona para la profilaxis de la depresión puerperal (Dalton 1985, Dalton 1989, Dalton 1995, Dalton 1996). Sin embargo, los estudios que lo apoyan no fueron adecuadamente controlados. Por el contrario, los progestágenos sintéticos se han implicado como causa de depresión entre las mujeres que los utilizan como método anticonceptivo (Wagner 1994, Wagner 1996), y como causa de un síndrome premenstrual similar a la tensión en las mujeres que utilizan el tratamiento de reemplazo hormonal combinado para el climaterio (Magos et al 1986).
