La afasia, término usado indistintamente con disfasia, describe impedimentos lingüísticos asociados con una lesión cerebral. El ACV es la mayor causa de afasia. Aún existe controversia acerca de la localización cortical de los componentes que contribuyen a la comunicación y el lenguaje y de los mecanismos precisos que se lesionan en un ACV (Goldberg 1990).
Los estimativos de incidencia, prevalencia e impacto de la afasia secundaria a un ACV varían y son inciertos (Mackenzie 1992). Un número estimado de 11.400 personas se torna afásico después de ACV cada año en la Gran Bretaña (Enderby 1986). Wade (Wade 1986) encontró que se presentó afasia en una cuarta parte de pacientes conscientes que habían sufrido un ACV en los siete días previos.
Los síntomas del ACV frecuentemente persisten y el 12% de los supervivientes a un ACV permanecen afásicos seis meses después (Wade 1986). La prevalencia de desórdenes persistentes de habla y lenguaje en el mismo periodo tras un ACV ha sido estimada entre 30 y 50 por 100.000 habitantes (Enderby 1989).
Usualmente, las personas con afasia son remitidas a los terapeutas del habla y lenguaje (inicialmente conocidos como terapeutas del habla) para evaluación y tratamiento. Sin embargo, no hay un tratamiento universalmente aceptado que pueda aplicarse a cada paciente con un diagnóstico de afasia. En la misma medida en que hay teorías en conflicto acerca de la función cerebral del lenguaje, hay un número correspondiente de teorías o aproximaciones de tratamiento (Methe 1993). La racionalidad que subyace a las diferentes terapias puede ser dividida en dos grupos principales, dependiendo de los aspectos del lenguaje que se piensa han quedado intactos. Una aproximación está basada sobre la premisa de que el área del lenguaje del cerebro permanece intacta pero no es fácilmente accesible, y a través del reentrenamiento se puede acceder a las funciones. La otra aproximación principal está basada sobre la suposición de que la perdida de habilidades del lenguaje no puede recuperarse, y entonces los pacientes deben utilizar otras regiones de la corteza para compensar lo que se ha perdido (Methe 1993).
Durante los años ochenta hubo una polarización entre las aproximaciones dirigidas específicamente a los deterioros del lenguaje que caracterizaban la afasia, y aquellos que intentaron influenciar tanto los aspectos funcionales como psico-sociales de la afasia (Davis 1981). Actualmente esta polarización no es tan evidente. Durante la última década ha habido un mayor énfasis en las aproximaciones neurolingüísticas para la intervención, con estudios de caso único que han sido usados para monitorear este desarrollo, con la sugerencia de que la terapia específicamente dirigida merece continuarse (Enderby 1995ª, Enderby 1996).
Adicionalmente a las diferentes aproximaciones frente a la afasia y a la terapia del habla y lenguaje, el tratamiento puede ser suministrado en un rango de escenarios tanto para pacientes individuales, como para un grupo de pacientes, y la intensidad del tratamiento puede también variar. Algunas terapias utilizan métodos no verbales tales como señales de lenguaje, o sistemas de símbolos que los pacientes indican con el fin de comunicarse (Methe 1993). Recientemente, los ordenadores y otras tecnologías han venido en ayuda al tratamiento (Katz 1986).
En los últimos 50 años han fluctuado los puntos de vista acerca del valor de las intervenciones para los desórdenes del lenguaje, con varios argumentos a favor de la mejoría en la función comunicativa obtenida a partir de la terapia del habla y lenguaje. Argumentos en contra sugieren que puede ocurrir una recuperación espontánea de los efectos de la lesión cerebral lo que explicaría la mejoría en las funciones del lenguaje (Edwards 1973). Cerca de la mitad de toda la recuperación de la discapacidad ocurre durante el primer mes, pero la recuperación puede continuar hasta seis meses después del ACV (Wade 1997). Si este es el caso, los servicios de salud y otros recursos usados para proveer terapia del habla y lenguaje podrían ser reorientados con mayor utilidad. Si los tratamientos usados anteriormente o en la actualidad son ineficaces, ello pudiera convertirse en estímulo para el desarrollo de diferentes aproximaciones para buscar la mejoría. Si se demuestra que la terapia de habla y lenguaje es efectiva, una decisión acerca de cuál es el tipo de terapia más efectiva, y para quién, permitiría de manera similar una asignación más eficiente de los recursos. Una consideración adicional es el uso potencial de ayudantes de terapia del habla y lenguaje o asistentes o voluntarios menos calificados (y por lo tanto menos costosos) (Meikle 1979b), quienes podrían suministrar una variedad de tratamientos bajo la supervisión de un terapeuta del habla y lenguaje entrenado.
Es importante por lo tanto determinar sí la terapia formal del habla y lenguaje es eficaz en el tratamiento de personas con afasia, o sí cualquier mejoría sería igual o mayor cuando se deja sin tratamiento o se trata informalmente por personal no calificado o por un familiar o amigo. Si la THL es efectiva, también sería importante identificar las mejores aproximaciones al tratamiento.
